Lobotomía del descontento


La presente situación de Colombia está superando incluso los límites de lo absurdo, irracional e irrisorio, para insertarse en un estado de completo anonadamiento y alienación social que imposibilita cualquier capacidad de respuesta ante los hechos que deberían por lógica producir un cataclismo social. 

Dicho estado de perplejidad e inercia se fundamenta en un largo y doloroso proceso de represión que va ligado a la historia del país, en el que las diferentes manifestaciones de violencia y barbarie por un lado, el cinismo, despotismo y la indecencia de nuestros gobernadores por el otro, socavaron el sentimiento de indignación social y terminaron por implantar un cuerpo social anestesiado. 

Es que para llegar a semejante estado donde solo nos queda hacer ácidos chistes de la cruda realidad nacional que nos rodea, el ciudadano se enfrentó a una serie de situaciones que poco a poco lo fueron cercenando, como si se tratara de una lobotomía que controlaba su capacidad de respuesta ante los sucesos nacionales más impactantes . 

La indignación y el descontento social fue aplacado y reorganizado bajo la mano implacable de la violencia, el terror, la represión y la manipulación mediática. Como si se tratara precisamente de un proceso de rehabilitación al modo de la película La Naranja mecánica , la imagen repetitiva del terror y la represión en la pantalla televisiva se incrustó de tal forma en el individuo que terminaron siendo aceptadas y toleradas por este mismo. 

Y se comprende, hasta cierto punto, pues una sociedad sometida a presenciar cada día una realidad de cuerpos desmembrados a lado y lado del camino, de bombazos en ciudades, balaceras en el campo, desfalcos de las arcas del estado por la rapiña política, corrupción al por mayor y la impunidad para condenar a los culpables, terminaron por acostumbrarnos, por quitarnos nuestro ser sensible, nuestra capacidad de sentir el dolor del otro y de actuar, de reaccionar. 

Hoy, en la interconexión social y el fluido de información que nos permite el internet, el ciberespacio aparece precisamente como el lugar para la manifestación de una indignación social tolerada por el sistema. Plataformas como Facebook o Twitter se llenan a cada momento con manifestaciones de los ciudadanos para expresar su “indignación” ante los últimos acontecimientos nacionales o registran los hechos que los medios deliberadamente deciden omitir. 

No obstante, es una indignación que resulta inofensiva, distante y efímera, que desaparece tan rápido como circulan los datos en internet. Me atrevería a decir que es más una especie de confesionario de la indignación o de terapia: una catarsis virtual donde el ciudadano por medio de memes, noticias, artículos, imágenes, descarga, deja salir o mejor dicho deja morir su sentido de indignación sin realmente afectar a nadie. 

Dicha situación es lo que nos está llevando a ese anonadamiento y alienación del descontento social, en una sociedad que se aleja de su verdadero espacio para la transformación de la realidad y se inserta en una simulación de la lucha social en el ciberespacio que no produce nada más que una descarga energética que es engullida por las plataformas virtuales sin tener ningún efecto de transformación en la realidad.

Lo anterior se parece- en un sentido inverso- al pasaje del libro 1984 de Orwell en el que los ciudadanos de Oceanía asisten a una especie de auditorio para estimular toda su ira con imágenes y proyecciones de su mayor enemigo externo, para de esa forma descargar todo su malestar e inconformismo con el propio gobierno y poder rendir en la sociedad funcional en la que están inmersos. La diferencia entre la novela y nosotros estriba precisamente en que ellos son motivados para odiar y así rendir más en el sistema productivo, mientras que nosotros somos inducidos por el encanto mediático de las redes sociales para descargar nuestro descontento y así ser más dóciles ante las escandalosas situaciones que sacuden a este país, sin generar un solo sismo que sacude los cimientos del poder.

RH.