Una teoría conspirativa o el oscuro panorama hacia el que vamos.

No está de más considerar una teoría conspirativa para entender un poco la presente situación que vivimos, teniendo en cuenta los antecedentes a los que puede llegar cierto personaje con tal de mantener su hegemonía en el territorio nacional e imponer sus intereses por encima del bien común, y la vieja alianza entre las fuerzas del estado y grupos armados para masacrar al pueblo.  En consecuencia, es pertinente analizar el desarrollo de los últimos sucesos para considerar si tal teoría es disparatada y absurda: 

El estallido social y la violencia

No hay que desconocer que el descontento social estaba latente, en crescendo. Pero necesitaba un detonante, la chispa que prendiera la mecha. Entonces ¿Qué hace el gobierno? saca una reforma descabellada en medio de una pandemia y una alarmante crisis económica. Ante lo anterior (y con méritos) la sociedad se moviliza y se toma las calles en jornadas de protestas pacíficas y algunas violentas en gran parte del territorio nacional teniendo un gran impacto en la opinión ciudadana.

Son precisamente las manifestaciones violentas el principal componente en el siguiente paso de esta teoría: a través de los medios de comunicación adeptos al poder, el gobierno amplifica, exagera y moldea la violencia con relatos visuales dramatizados llevados al límite de la sevicia, que tienen como objetivo machucar la mente del televidente con destrozos de sucursales bancarias, grandes supermercados, sistemas de transporte público, edificios gubernamentales, parques, plazas, en síntesis espacios que representan al Estado y lo convierten en víctima al ser atacado en toda su estructura.

El Estado victimizado con derecho a reprimir  

Victimizado el gobierno y generada una cierta simpatía en algunos sectores de la sociedad (para ser más precisos los que se tragaron todo el contenido violento de los noticieros), el Estado tiene el derecho a defenderse y defender a los ciudadanos de “bien” empleando toda su autoridad y la fuerza que sea necesaria sin ningún tipo de restricción ya que ha sido atacado por una horda de salvajes armados hasta los dientes de piedras y palos. La imagen generada es un gobierno abusado, golpeado hasta el cansancio que debe defenderse. 

La militarización de las ciudades: aumento de la violencia.

Por lo tanto, lo que sigue es el despliegue militar, la militarización o como lo llamó eufemísticamente Duque “asistencia militar”. Helicópteros, tanques, grupos especiales del ejército y la policía con armamento sofisticado toman las calles como si se tratara de una guerra contra alguna célula terrorista. La misión es recuperar el orden a sangre y fuego, no tienen ninguna restricción en su accionar, cuentan con todo el permiso para matar y los medios de comunicación maquillan la situación con titulares que no enmarcan la verdadera situación que viven diferentes sectores de la ciudad como el barrio Siloé de Cali.

Sin embargo, lo anterior no es más que una fase en la consecución del gran objetivo y para lograrlo necesitan que la “violencia” de la ciudadanía sea más radical para reprimir con mayor fuerza y así tener más licencias en el control del país. Para este fin se infiltran las marchas con elementos paramilitares, incluso de la policía (videos que circulan por las redes lo demuestran) que generan un mayor caos y destrucción. Los enfrentamientos se hacen más directos dejando muertos en las diferentes ciudades de Colombia, el estado se muestra salvaje e implacable, no lo oculta, no lo manipula, el objetivo es hacer entrar  en la confrontación a grupos armados más peligrosos (como las guerrillas) con mayor capacidad de ataque que puedan en apariencia golpear de forma fuerte al gobierno. 

Estado de conmoción interior: control total.

Ante lo anterior, el gobierno decretará el estado de conmoción interior que le dará todo el poder necesario para controlar la información, los recursos, restringir la movilización ciudadana, controlar el congreso y coartar la libertades sociales. 

Con ese control absoluto, el partido del gobierno, en cabeza de su férreo e inquebrantable caudillo, tendrá en sus manos todo lo necesario para perpetuarse en el poder modificando la constitución, gobernando por decretos, imponiendo leyes y reformas, encarcelando a la oposición, cerrando las universidades y colegios, coartando la libre expresión y proyectando hacia el exterior una imagen de estabilidad y normalización de la vida cotidiana.

En resumen, esto no es más que una posible teoría de esas que llaman conspirativas y que sin embargo suelen ocurrir en los grandes acontecimientos que marcan a las sociedades. Esperemos que Colombia se encuentre lejos de esa teoría, de ese oscuro panorama y que la movilización social logre encontrar un horizonte que le permita salir victorioso del callejón sin salida hacia el cual el estado colombiano lo está encaminando. Por lo tanto, solo queda estar alerta, atentos para no darle más poder al poder, para no terminar perdiendo lo poco o casi nada que nos queda como ciudadanos libres.

RH.

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